Capítulo tercero
Juegos del
anochecer
Cuando, en
el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad
morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse,
fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro
se hace el cojo...
Después, en
ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y
como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer , se creen unos
príncipes:
—Mi pare tie
un reló e plata.
—Y er mío,
un cabayo.
—Y er mío,
una ejcopeta.
Reloj que
levantará a la madrugada, escopeta que no
matará el
hambre, caballo que llevará a la miseria... El corro, luego. Entre tanta
negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde,
con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual
una princesa:
Yo soy laaa
viudita del Condeee de Oréé...
...¡Sí, sí!
¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la
primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.
—Vamos,
Platero...
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